ESPACIO LITERARIO DE TERE

CUENTO DE NAVIDAD
EL DÍA DE REYES
Se acercaban las fiestas Navideñas, se respiraba en el ambiente, las luces, los árboles de Navidad, los comercios llenos de gente, compras, regalos, días entrañables para vivirlos en familia.
Pero sobre todo días de ilusión para los niños.
Ésta es la historia de dos niñas, María y Ana, muy amigas. María la mayor de cinco hermanos, Ana hija única.
Las dos pedían lo mismo en su carta a los Reyes Magos, un muñeco que ese año era la novedad, y que todas las niñas querían.
Llegó el día de Reyes, cuando María y sus hermanos se levantaron para ver los regalos que les habían traído los Reyes, no estaba el deseado muñeco, pero María tenía una muñeca que su madre había vestido con mucho cariño y esmero.
_Mamá, mamá, qué muñeca más bonita_ Exclamo María, sin echar en falta el regalo que ella había pedido.
Todo era alegría e ilusión, hasta que la niña fue a ver a su amiga toda contenta con su muñeca. Cuando María regresó a casa le dijo a su madre.
_Mamá a Ana sí que le han traído el muñeco que las dos habíamos pedido, me ha dicho que solo traían uno por calle y que le ha tocado a ella.
La madre se entristeció y con mucha pena no quiso seguir con el engaño, había llegado el momento de decirle la verdad a su hija, y llamándola aparte le dijo.
_María ya eres mayor, te voy a decir la verdad, los Reyes no existen, somos los padres, que siguiendo la tradición de los Reyes Magos que le llevaron presentes al niño en el portal, compramos los juguetes y los ponemos en el salón para que vosotros los veías al levantaros. Ana tiene el muñeco porque ella es sola y sus padres se lo han podido comprar, vosotros sois cinco y hay que repartir el dinero entre todos.
María se puso a llorar, no había consuelo, toda enfadada le decía a su madre.
_Mamá, me has engañado, tú me dices que no diga mentiras y me has mentido, yo en el colegio cuando me aseguraban que los Reyes no existían, yo siempre les decía, que mi madre no me mentiría.
La madre trato de consolarla diciéndole que esa mentira había valido la pena, era la ilusión con la que los niños creen en los Reyes, y añadió. _María, ahora tú tienes que guardar el secreto tus hermanos no deben saberlo hasta que no sean más mayores.
María se sintió importante por compartir un secreto con sus padres, y al año siguiente disfruto ayudando con los regalos de sus hermanos, siempre sin perder la ilusión de ver los que tenía en el salón la mañana de Reyes.
Mª Teresa Soriano