Cuando llegaba el mes de junio nos íbamos ya de vacaciones al campo. Tenían mis padres una casita en Picassent, y a los niños les venia muy bien estar al aire libre tomando el sol. Nuestras vacaciones estaban repartidas entre un cortijo que tenían mis suegros en Almería y luego ya nos quedábamos en Picassent. Mi marido se venía a Valencia a trabajar y yo me quedaba con los niños.
Yo procuraba estar todo el día pendiente de ellos, pues eran pequeños, en esta anécdota ya teníamos cuatro y el mayor tenía tres años y medio, la pequeña seis meses. Por mucho cuidado que quieras llevar y toda la atención posible en ellos siempre hay algún momento que se te escapa, y así sucedió.
Estábamos en el mes de septiembre, ya casi finalizando las vacaciones. Era al mediodía, tenían para comer sopa (no se me olvidará, sopa de estrellitas), era lo que mejor se comían. Tenía los platos encima del banco de la cocina, esperando que se enfriaran un poco, y mientras me di la vuelta para dejar la cazuela en la pila, el pequeño, que siempre ha sido bastante atrevido, (¿os acordáis de la anécdota en la que tiraron las sillitas por la terraza al solar?) quiso sacar su plato a la mesa, y como apenas llegaba, se lo tiró por encima.
Afortunadamente ese día mi marido vino a comer, que normalmente hasta la tarde no venia. Lo bajamos enseguida al médico del pueblo, nos dijo que no tenía importancia, que le dejáramos el hombro al aire (que era donde tenía la quemadura), y nos recetó una pomada. Eso es lo que hicimos pero el niño no estaba bien, tenía décimas de fiebre y la quemadura tenía un aspecto que no nos gustaba.
Nos vinimos a Valencia y lo llevamos a su pediatra. Cuando el médico lo vio nos dijo que fuéramos a La Fe a la unidad de quemados, y ya nos advirtió que lo más seguro era que lo dejaran ingresado. Nos fuimos a La Fe, y efectivamente, después de hacerle una cura bastante agresiva, nos dijeron que tenía que quedarse ingresado.
Un triste episodio
Qué angustia te da el tener que dejar a tu hijo con año y medio y sin poder estar con él. Íbamos a verlo en las horas de visita, lo veíamos a través de una ventanita, era muy doloroso para nosotros y para las enfermeras un problema, porque después de vernos el niño se quedaba llorando. Estuvo veinte días ingresado, como era tan pequeño era el juguete de las enfermeras. Él iba correteando por toda la sala, que estaba completamente esterilizada, pues había más enfermos con quemaduras muy graves, la suya al ser sólo en el hombro no necesitaba reposo, ¡y cualquiera lo tenía quieto!
Las enfermeras valoraron que nuestras visitas no eran buenas para el niño. A partir de entonces lo que hacíamos era que íbamos pero no lo veíamos. Hablábamos con el médico y nos informaba de cómo iba evolucionando.
Por fin llegó el día en que le daban el alta. Compramos unos caramelos para las enfermeras, pues se portaron muy bien con el niño. Tan bien se portaron que cuando lo sacaron para que nos lo lleváramos se volvió hacia una de ellas y la abrazó.
¡Vaya desilusión!. Fue un momento, empezamos a decirle cosas y a llamarlo y se echó a nuestros brazos, pero qué momento. Nos fuimos a casa y ¡lo que nos costó volver a las buenas costumbres y a los horarios! Porque durante el tiempo que estuvo ingresado se ve que hizo lo que quiso, para que no llorara se lo consentían todo. Este episodio para mi fue muy triste, pero muchas veces las cosas te superan y no puedes hacer más.