Después de años de muchas entrevistas y reuniones, por fin llegó el día.
Estaban nerviosos, les afloraban sentimientos encontrados, temor, ilusión. Ilusión porque había acabado la espera. ¿Cuánto tiempo, tres años? Quizás más, no sé, pero se les había hecho eterno.
Se iban a China, a por el niño que ya consideraban su hijo. Temor, sí a lo desconocido, ¿Cómo sería? ¿Qué tiempo tendría? ¿Cómo habría sido su vida? Todas estas preguntas les asaltaban en sus cabezas
Emprendieron el viaje, largo trayecto, muchas horas de vuelo, pero con mucha ilusión no les importaba el cansancio, estaban deseando ver a su hijo.

Llegaron y allí en aquel orfanato estaba él, un niño pequeño de veinte meses y ni si quiera andaba ni apenas se tenía de pie, la vida en aquel centro era así, falta de estímulos, todo el día los tenían acostados o como mucho sentados, las cuidadoras no daban abasto.
Pasaron unas semanas con él en China antes de regresar a casa, no fue fácil el interactuar con el niño. Todo era nuevo para los padres y para su hijo
El viaje de regreso tampoco fue fácil, demasiadas horas para un niño pequeño..
Llegaron a su ciudad todos fuimos a esperarlos al aeropuerto.
Desde ese momento lo consideramos y lo queremos como uno más de nuestros nietos.

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