Con paso lento y cansado, en una mano el bastón, en la otra una bolsa de tela, se dirige María (como todas las tardes) hacía el jardín.
Se respira tranquilidad, paz, sosiego, busca su banco bajo la sombra de una acacia y el aroma de jazmines.
Saca un trozo de pan, lo desmigaja por el suelo; con rapidez unas palomas se acercan, picotean las migas.
Es el momento más feliz en su día.
No quiere pensar en su pasado, no le gusta hurgar en su vida.
Pero sin quererlo los recuerdos acuden a ella.
¡Qué felices habían sido en aquel pueblo! Sin lujos, pero nunca les faltó un buen plato de comida.
Todo se torció aquella mañana, en la que su marido quedó atrapado bajo las ruedas del tractor, fueron lesiones muy graves, a los pocos días murió.
Se queda tensa, su mirada perdida. Reacciona, gracias a las buenas gentes que le ayudaron. ¿Qué hacía ella sola con cuatro criaturas?
 Se fueron a la ciudad, su vida transcurrió en una portería, trabajó mucho, tuvo que renunciar a muchas cosas para poder dar unos estudios a sus hijos.
Ahora ya todos mayores, está muy orgullosa de ellos.
Vuelve a sacar más pan de la bolsa, esparce de nuevo las migas por el suelo, es feliz.
Se queda pensativa, en su cabeza resuenan las palabras de sus hijos.
“Tú ya no estás bien para vivir sola, vente con nosotros, un mes en cada casa, así todos disfrutamos de tu compañía”
Una mueca de tristeza aparece en su cara, María lo sabe, para ellos el limite son 30 días.

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