Pasábamos el verano en una casita que tenían mis padres a las afueras de un  pueblo de Valencia.
Estaba rodeada de campos, naranjos, algarrobos. Las casas más cerca quedaban un poco lejos.
Cómo éramos muchos de familia se había construido un anexo a la casa, con una habitación muy grande y su cuarto de aseo.
A nosotros nos venía muy bien, cabíamos perfectamente con nuestros cuatro hijos en edades 4-3-2-1 año.
Había que salir de la habitación andar unos metros por fuera para entrar en la casa. No estaba muy iluminada, apenas una bombilla que daba luz a la terraza.
A mí no me gustaba mucho el campo y además era un poco miedosa, pero era eso o estar metidos en un piso con los cuatro niños.
Durante el día no tenía problemas, lo malo era cuando llegaba la noche y la oscuridad reinaba en todo el terreno. Me hacía la valiente, auto convenciéndome de que allí no pasaba nada. ¿Quién iba a entrar? ¿Para qué?
Era una época en la que se vivía con menos temor que ahora a robos atracos etc.
Mi marido no venía a comer, salía por la mañana, hasta la tarde noche que llegaba del trabajo.
Ese día me comentó que por la noche llegaría más tarde, por un asunto de trabajo, no sabía lo que podría alargarse.
Me pasé todo el día pensando en la noche, yo sola, mejor si nos hubiéramos ido todos con él a Valencia, pero era tanto lío, para preparar a los niños tan temprano, que desistí de la idea. Y volví al auto convencimiento ¿Qué iba a pasar? Y con todos estos pensamientos llego la noche.
Después de darles la cena a los niños y acostarlos en esa habitación que he comentado, me dirijo a la cocina, estaba fregando los platos de la cena y veo una sombra en la ventana que tenía encima de la pila, por la oscuridad de fuera no distinguía bien, me fijo y efectivamente era una cara pegada a la reja de la ventana.
Me da un vuelco el corazón, me tiemblan las piernas, mi instinto fue salir y hacerle frente a lo que fuera. Lo que fue era un hombre. Como pude le grite, apenas me salía la voz, al oírme dijo unas palabras que no entendí y salió corriendo.
Cerré la puerta de casa y me fui a donde estaban mis hijos, angelitos estaban tan dormidos, mejor que no me vieran tan asustada, cerré la puerta con llave y a esperar que se hiciera la hora en la que llegara mi marido.
Dicen del silencio del campo, yo oía ruidos por todas partes, pensaba si se habría ido, si estaría escondido por algún sitio.
La casa por supuesto no tenía teléfono, aún no habíamos entrado en la era de los móviles, estaba completamente aislada a merced de lo que aquel hombre quisiera hacernos.
No sé lo que tardó mi marido en llegar pero a mí las horas se me hicieron eternas.
En estas situaciones tanto la imaginación como el miedo te juegan malas pasadas, y en mí se cumplieron.
Cuando vi el reflejo en la ventana de las luces del coche, se me aflojaron los nervios y la tensión acumulada y no paraba de llorar sin apenas poder contarle a mi marido todo lo vivido.
Al día siguiente cuando salí de la ducha, observe que tenía todo el cuerpo con una erupción de manchas rojas.
Preguntamos por las casas cercanas, no sabían nada, ni nadie había venido preguntando quizás por alguien.
Dimos el caso por cerrado, pero los días que aún pasamos hasta que termino el verano, fueron horribles, me parecía ver por todos lados sombras y oía ruidos extraños.
No me volví a quedar sola hasta tan tarde.
Terminamos el verano y para el siguiente cuando volvimos todo fue un lejano recuerdo.

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