Le gustaba madrugar, respirar el aire fresco de la primavera, disfrutaba bajando a la huerta, era la mejor hora para recoger los tomates y demás verduras, que con tanta ilusión luego cocinaba.
Estaba feliz, disfrutaba con la salida del sol, el aroma del jardín lleno de flores, flores que con tanto cariño había plantado y cuidado, protegiéndolas del frío invierno.
Le gustaba sentarse en el porche de la casa.
Recordaba tiempos ya pasados, añorando la algarabía de los niños, sus nietos, cuando se juntaban en esos veranos ¡Cuanta vida había en esa casa!
Y recordaba con la ilusión que se hizo la casa, pensando en ellos, en los hijos, en los nietos.
Esa casa que había servido de encuentro de tantas fiestas, tantos cumpleaños, hasta bautizos y comuniones se celebraron, toda la familia junta y unida. Fueron tiempos felices.
Pero los años han pasado, los niños se han convertido en jóvenes estudiosos y responsables.
Los árboles que plantaron ya están dando sus frutos, hasta el bardal ha crecido tanto que no deja ver el camino.
Quedan los recuerdos, es lo que le queda a ella, sentada en la mecedora, en el porche de la casa, mirando con tristeza el cartel que pone, SE VENDE.