Los montadores espabilados saben de montaje, pero no tienen necesariamente que saber de procesiones y cantos.

Estábamos una vez montando, en un pueblo de esos muy alejados y pequeños, una tubería, y nos pillo la fiesta de Corpus por medio. Claro, aprovechamos, como siempre el tiempo, para sacar los mejores rendimientos del montaje. Los montadores de tubería que yo llevaba eran dos autónomos procedentes de otro pueblo del interior, con la cultura de los mozos de 1950-60 que era la de trabajar y, a lo sumo, saber las cuatro reglas. Poca cultura en el sentido literario, pero más listos y conocedores que nadie del trato a las gentes y a su trabajo.

alt=" los montadores espabilados"El alcalde, que nos había destajado la obra y que nos presentaba como buena gente, nos pagaba religiosamente y muy bien. También era un hombre de esos consecuentes con su religiosidad, un poco antigua, de los de después de la guerra, y que se había conservado en lo de aquí mando yo. En aquel pueblo, ya digo que no había mucha gente, con lo que el señor alcalde (conocido como el “peseta”) en un momento determinado decidió que los dos equipos de montadores que llevábamos participasen en la procesión porque, en aquella ocasión, iban a tener el honor de que les visitase el señor obispo.

Nuestros antiguos montadores y sus equipos, como gente supuestamente leída, que allí se decía, (uno de ellos fue elegido para que, con una especie de bocina, animara los cantos en la procesión), estuvieron un fin de semana ensayando todas las canciones, y en el siguiente, que era la procesión delante del palio, nuestro montador se desgañitaba gritando los distintos cantos. De vez en cuando el cura descubría que nuestro montador no era un hombre tan “leído” hasta que llegó a ese canto que dice: “Hostia pura, Hostia santa, Hostia inmaculada”. Y entonces el montador dijo: “Hostia pura, Hostia santa, Hostia la inmaculada”.

El cura se quedó pálido, el alcalde pensó que se podía haber caído en la zanja el día anterior y no haber podido asistir y el obispo, con mucha más veteranía les dijo a ambos: “tranquilos, no pasa nada. El hombre se ha equivocado”. Y para no crear escándalo, lo enviaron sin más a ayudarle al campanero para el resto de la procesión. Cuestión que el campanero nunca comprendió, ya que la campana era pequeña y apenas pesaba, además de que se volteaba en la entrada y salida de la procesión, por lo que no era un trabajo cansado. Pero lo de la inmaculada debía presagiar peligros mayores para el de la vespa, o sea, el cura.