Todos los que tenemos, diremos cierta edad, hemos tenido que montarnos en marcha a las nuevas tecnologías, algunos hasta con cierto reparo, otros arrastrándose. Yo, como ya sabéis, por mi innata curiosidad, cabezonería, constancia y en cierta medida por el miedo a verme apartado con mis viejos métodos, le hice frente y ataqué al sistema.

 

Recuerdo que la empresa instaló un ordenador desde donde se podían consultar existencias e incluso con un pequeño programa del cálculo, más héteme aquí que por aquel entonces tenía un jefe que me impidió el acceso con: “hasta que no venga un técnico especializado, ese aparato no se toca, qué quieres ¿estropearlo?”

Aquel bicho estuvo virgen año y medio, después lo quitaron porque se había quedado obsoleto.

Por aquel entonces me compré un pequeño ordenador, de mesa desde luego, porque de portátil por aquella época nada de nada y de Microsoft menos, un amigo me dejó un programita, Abyliti se llamaba. Tenía procesador de textos y de datos que me permitía establecer una ficha en blanco, para después irla rellenando,

 

 

Hice una ficha de cliente con todos los datos habidos y por haber, creándome una base bastante buena, claro, todo ello soportado en papel, por si acaso, no tenía ninguna fe en el sistema. Así que poseía el archivador de folios más moderno, al menos, que cualquier compañero, maldito orgullo, cuántas horas extras y cuantos folios “fichas de clientes” reemplazados.

 

Una cosa es cierta, siempre contemplé al ordenador como un elemento que me tenía que ayudar a realizar el trabajo mejor, más rápido y encima me daba la posibilidad de remediar cualquier error sobre la marcha. Cada vez que rectificaba algo me acordaba de los originales de los escritores llenos de tachaduras y notas en el margen, la verdad es que también tienen su encanto, a través de ellas puedes penetrar en la idea profunda del autor, qué quiso decir y dijo.

Más tarde nos pusieron un buen ordenador en la oficina, ya con Microsoft y todo, eso sí para compartir entre todos. Allí me encontré con otro jefe, esta vez aficionado, yo diría que demasiado, quería tenerlo todo metido en la memoria del cacharro, así que otra vez horas extras para bucear en los programas e ir conociendo qué me podían aportar cada uno de ellos, eso sí, encontré en él (en ese jefe) con quien compartir mis descubrimientos.

 

 

El salto al ordenador portátil

 

Llegado el momento la empresa dio un salto cuantitativo y calificativo nos fue proporcionado a cada técnico-comercial un ordenador portátil, con impresora incluida y teléfono móvil, vamos la reoca.

Todos los de mi edad, como decía, nos hemos encontrado con estas nuevas tecnologías y hay que ver cómo ha sido la evolución de rápida, el caballo galopaba, y yo aprendiendo a montar y todo ello sin cursillos, ni monitores. ¡ Cuántas caídas! ¡Cuántas veces tuve que repetir por no guardar!

Recuerdo estar en el despacho de un técnico de la Administración de Obras Públicas, quien comenzaba esta travesía por lo desconocido. Le habían instalado un ordenador de mesa que aún no había abierto y lo miraba con prevención, como si fuera a explotar.

Estábamos quedando para visitar una obra al día siguiente cuando se abrió la puerta y un joven altanero, bien vestido, dinámico, no piensen que es envidia, pues bien sin decir ni buenos días, cosa de jóvenes, va y nos espeta:» ¿alguien de aquí pidió Autocad?» El técnico en plan de colaborar va y le dice: “el tema de transporte y autocares se llevan en la segunda planta”.

 

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