El primero fue un Cocker spaniel, Clay. Era un buen perro con mucho olfato para la caza, por lo que mi hijo mayor se lo llevó algunas veces con él. Era muy amigable pero muy territorial, en la habitación que dormía gruñía a cualquiera que entrase, si no era de esa habitación.
Era un perro de aguas, me lo regaló un amigo, que además fue mi jefe durante algunos años de mi vida. La mejor época que vivimos con él fue en las excursiones, en particular a la Laguna Negra en Soria. Ver imágenes de él allí, otras en esa misma excursión fue en el estanque de los espejos del Monasterio de Piedra, donde se tiró a perseguir las truchas, carpas y lo que se moviese, con lo que quedó el lago sin espejos, con aguas turbias al remover los fangos del suelo.
El segundo se llamó Cuqui. Y fue un perro que mordía a todo bicho viviente, menos a Tere y a mí. En su día el dueño apareció por el veterinario que se lo había regalado, lo tiró dentro de la tienda y le dijo que hiciese con él lo que quisiese. Por allí pasó mi hija y la convenció para traerme a Cuqui
La tercera fue Malú. Había sido abandonada en una parcela de cachorrito, la encontraron mis nietas María y Lucía y con Malú se quedó, pero con el iaio. Como todos los perros callejeros era muy inteligente, yo adivinaba lo que ella quería y de ella yo decía que entendía hasta lo que era el golpe de ariete.
La última ha sido Luna, abandonada en el campo, y que subió tres veces 4 kilómetros por quedarse también con mis nietas, yendo a parar posteriormente a su iaio. Cada uno tenía sus peculiaridades y forma de ser, pero siempre existió un denominador común y era el cariño que les tomas a estos animales.
Al principio no sabes qué hacer con ellos y cuando mueren no sabes qué hacer sin ellos. Por eso voy a escribir brevemente algo de sus vidas.



