Me da cierta rabia decir “corría el año 80, yo trabajaba en una gran empresa”, porque lo que me pide el cuerpo es decir que yo era una gran persona y trabajaba en una pequeña empresa (tómatelo como quieras, pero no digas nada, prometo que a los que tengo confianza tampoco les pediré que se definan sobre mi persona). Bueno, pues el hecho es que en esta empresa teníamos una persona que se dedicaba periódicamente a visitar las obras que podíamos tener problemáticas, por la razón que fuese.

alt="la cura de un experto en picardías"Él era mayor que yo ahora, con lo que la diferencia conmigo, en aquel entonces, era importante. Tenía fama de que, cuando llegaba a los sitios, se pasaba el tiempo que estaba contigo en el coche durmiendo. La verdad es que a ti, que te encontrabas desplazado y absolutamente lejano, el que viniese una persona y te hablase de los cotilleos a nivel de nuestra central, pues te resultaba agradable y como mínimo, aparte de servirte de vínculo y de información, tenía el morbo de las últimas noticias. La verdad es que esta persona era muchas veces la solución práctica de tus problemas y, no pocas veces, aprendías sobre productos. No era su fuerte la parte puramente técnica de los cálculos, pero sí tenía la gran ventaja de centenares de obras vistas y la picardía de haber tratado con infinidad de clientes.

Nuestra visita iba destinada a una obra en la que nos había faltado el material y pensábamos que la culpa era de la obra. El problema vino cuando llegamos a la misma y nos encontramos con un ingeniero que había trabajado en ensayos y pruebas de productos en un instituto muy importante y, cuando pronunciamos las primeras palabras, ya nos amenazó con avisar a un notario y plantearnos una demanda judicial que, por la cara que hacía mi amigo, parecía que podía llegar a ser muy cara y que el ingeniero aquel tenía razón. Naturalmente, admitimos que la culpa era del producto y el tema se solucionó sin notario, sin demanda y sin más líos de los normales.

Bueno, pues esta persona, que ya puedes intuir lo importante que era para un delegado de provincias, como te digo al principio, nada más entrar en el coche y sentarse se dormía, con lo que tú continuabas teniendo pendientes los problemas iniciales y encima, no los podías ni hablar con un acompañante frito que además, de vez en cuando, soltaba algún ronquido. Otros compañeros no lo sé, pero yo, personalmente lo intenté todo para que no se durmiese, con razonamientos que no me sirvieron de nada. Le anduve dando vueltas, intentando llevarlo despierto sin estar “cabreado”, de manera, que además de estar despierto hiciese todas las cosas que anteriormente he citado.

La solución se me ocurrió viendo cuatro esquinas al atravesar un pueblo con unas calles muy estrechas, pero por el que pasaba la alt="la cura de un experto en picardías"carretera. Fue pegar un chillido, tocar el claxon y frenar fuertemente a la vez, alegando el cruce de un niño en el sitio de las cuatro esquinas. Mi amigo se sintió lanzado hacia el cristal delantero del coche. Adelantó las manos en una acción propia del instinto de conservación, con unos ojos de loco como platos y preguntando ¿A quien hemos atropellado?. Yo, con mi cara más seria, le pregunté si no había visto al crío que se nos había cruzado corriendo en las cuatro esquinas. Me contestó, lógicamente, que no por varias causas que te puedes imaginar…Aún le di marcha atrás al coche, por ver a dónde se había ido y no sé, porque tampoco lo vimos. Hice varios comentarios en relación a que me había pillado desprevenido. Me preguntó si alguna vez me dormía en el coche, a lo que yo contesté que alguna vez me daba sueño, pero que nunca me llegaba a dormir… Y ya, mi amigo nunca más se durmió. Se le curó el sueño e hicimos montones de viajes hablando de infinidad de temas.

Él siempre pensará que yo era un conductor del que no se podía uno fiar, y yo tenía siempre necesidad de compensarle por mi discutible acción, pero fuimos grandes amigos con un secreto no confesable, no por su importancia, sino porque se podía volver a dormir.