Tenía yo mucho interés en realizar una obra de regadío en un pueblo muy grande. El presidente de la comunidad me había planteado diversos intereses y dudas sobre el riego localizado, así es que yo me preparé a conciencia. Busqué el que yo intuía que era el más entendido en estos sistemas de riego y sus aplicaciones y concertamos una entrevista en la que acordamos lo que íbamos a hacer para impresionar al resto de la junta y a toda la comunidad, de manera que entrasen sin problemas en la obra.
Total, como conclusión, aparte de algunas actuaciones mías, fijamos el que le enseñaríamos a este especialista toda la zona a regar, estando en cada parcela su propietario, con la pretensión de impresionarlo y también para que el maravilloso especialista conociera bien la zona y se hiciera una composición de lugar más exacta a la hora de darnos una charla con la que finalizamos la visita en el cine del pueblo. Allí acudirían todos y lógicamente, el especialista, que proyectaría situaciones vividas en Israel y en el mundo entero sobre distintos cultivos. Después un vino del país con tacos de jamón, queso de la zona, conejo frito con tomate y pimiento, otras ricuras de campo. Como colofón las señoras del presidente y otros miembros de la junta directiva habían preparado unos roscos de vino que nos tomamos con mistela del pueblo y un autentico café del Brasil. (No pienses qué pasaría porque te lo voy a contar, faltaría más).
La cosa no empezó bien
Ya la cosa no empezó bien porque el especialista nos tocó las narices con quedar tres veces y avisar las tres para aplazar la entrevista, con lo que los ánimos se empezaron a caldear. Siguió mal porque el día en que por fin vino llegó tarde. En las visitas a los campos al principio y tal como habíamos hablado con él, cada agricultor estaba en su parcela explicándole el tipo de terreno que tenía. Me acuerdo que al primero pudo explicar las enfermedades que tenía su cultivo de almendros. Al segundo ya empezó a cortarle.
Al tercer campo apenas pudo decir nada, y a partir de ahí ya dio órdenes al presidente de que le llevasen sin bajar del coche a toda la zona de regadío y después al cine, con lo que se armó el follón de coches y de gente que no se había enterado de la contraorden. A todo esto, íbamos en coches diferentes y periódicamente me preguntaba por las diapositivas que llevaba, como si estuviésemos entre mafiosos. Todo el mundo esperaba sus comentarios y le hacía preguntas sobre sus campos y él decía muy seriamente y con cara de supersabio que ya hablaría. Con todo esto la tensión se podía cortar.
Cuando llegamos al cine dio su charla como quien repite la 1173 sobre el mismo tema y concluyó hablando sobre lo que había visto. En ese momento yo estaba pendiente del presidente, que había hecho una campaña sobre este señor (fiándose de lo que yo le había dicho) de varias semanas, y me di cuenta de que hinchaba el pecho y levantaba la cabeza desde la butaca central de la primera fila, como diciendo: “Ahora os vais a enterar de quién es este genio y los que habéis hablado mal os vais a tener que comer lo que habéis dicho”.
Las conclusiones del «sabio»
Las conclusiones finales del “sabio” fueron:
- Que se había fijado muy bien en todas aquellas tierras y que le parecían magnificas, pero no para cultivo de nada, sino para fabricar ladrillos.
- Que el clima era el menos adecuado para los cultivos que pensaban introducir en la zona.
- Que si disponían del dinero para hacer las obras él les recomendaba que lo metieran en el banco.
Volví a mirar al presidente. Se había hundido en la butaca, apenas sí se le veía… El conejo, el vino y los roscos de viento no los probamos, y yo salí de allí a toda la velocidad que me daban mis cortas patitas. Naturalmente, lo dejé en la capital y le recomendé un taxi para ir al aeropuerto o a donde quisiera. Y en sucesivas ocasiones el especialista fui yo.
