Desde que tengo uso de razón soy un manitas, un habilidoso, vamos. En casa pocos profesionales han entrado. Cualquier cosa que se haya tenido que arreglar, ahí estaba yo que lo arreglaba… 0 se compraba una nueva, ¡pues no he sido yo nadie en eso del arte! Pero uno se va haciendo mayor y sin saber por qué se van perdiendo aptitudes, no actitudes, y lo peor es que no te das cuenta. Os diré.
Goteras por doquier
Días pasados empezó a gotear, cada vez que se utilizaba, el grifo del fregadero, por la parte de la unión del cuello giratorio, poca cosa. El vasito, el de llenar la plancha, que mi mujer le puso debajo tardaba en llenarse unas dos horas y eso estando abierto. O sea, la avería, según mi clasificación, era de tipo medio, pero ya se sabe, se hizo urgente por la “gotera” que era escuchar a mi mujer diciendo “el grifo cada vez está peor”, o tocándome la fibra sensible con aquello de “parece mentira, con lo mal que lo están pasando los que no tienen agua y tú sin hacer nada”, como quien habla del trasvase de turno.
No pude aguantar más de dos días, medí la separación entre las conexiones a la pared y fui a la ferretería, donde adquirí por supuesto el grifo, una excelente llave inglesa que abarcara bien la tuerca, cosa importante; fina, para que pasara entre la conexión y la pared, y un rollito de teflón. Una vez bien armado y pertrechado esperé la ocasión para realizar la operación, porque pregunto: ¿no os habéis puesto a pintar alguna vez y vuestra consorte, pareja, o jefa, como queráis llamarla, os advierte “te estás dejando un santo” y apunta hacia un sitio que te tienes que, bajar de la escalera, cambiarla de sitio, subirte, darle, bajarte y volver a cambiar la escalera? O bien viene detrás barriendo el polvillo que se suelta cuando estás haciendo los taladros para colgar un cuadro, sin darte tiempo a terminar.
Las ocasiones las pintan calvas
Pues bien, después de esas experiencias, intento realizar mis trabajitos a solas y esta ocasión se presentó cuando ella salió a la peluquería. Era el momento. Cerré la llave de paso general. Abrí el grifo más bajo (el del bidé) y el del fregadero. Esperé a que se agotara y mientras desembalé el grifo, la llave inglesa y el rollito de teflón. Una vez que ya no salía agua, desenrosqué el viejo grifo y cuando iba a ponerle teflón a la rosca que salía de la pared comenzó a salir bastante agua y además caliente, que iba cayendo sobre el trozo de encimera que separa el fregadero de la pared.
¡Vaya! El agua del calentador eléctrico retornaba y estaba extendiéndose sobre la encimera. Como un MacGyver cualquiera no se me ocurrió otra cosa que poner dos trapos de cocina, uno a cada lado del chorro, para guiar de alguna forma el cauce del agua hacia el fregadero. ¡Uf!, pensaba para mis adentros, ¡si llega a estar en casa la parienta! Pero no quedaba aquí la cosa, una vez agotada la capacidad del termo pude colocar el teflón, pero con los nervios pasados no comprobé si tenía colocadas las zapatillas el nuevo grifo.
De eso me di cuenta cuando al abrir la llave de paso general salió una especie de flor de agua por la conexión. Vuelta a cerrar la llave de paso y por fin, realicé la operación como un verdadero profesional. Abrí y cerré el grifo varias veces. Perfecto, sólo que cuando lo cerré definitivamente, dando por concluida la reparación, escuché un ruido raro que provenía del cuarto de baño. ¡Dios! El grifo del bidé. Salí corriendo y allí estaba, apuntando hacía el centro del aposento, con toda su potencia. Aunque resbalé, hice un equilibrio y en un último gesto cerré la llave, mientras el agua corría hacía el pasillo. Así que, otra vez el MacGyver hizo presencia. Tomé una toalla e impedí su extensión.
Ante todo, que no se note
Quitándome las zapatillas mojadas inspiré profundamente y pensé: “aún tengo tiempo. Mi mujer puede tardar todavía una hora”. Así que, armándome del cubo y la fregona recogí el agua que anegaba el cuarto de baño y aproveché el cubo para exprimir los trapos de cocina utilizados como cauce natural. Como si no hubiera pasado nada, todo limpio. Una vez terminada la obra, ¿qué digo obra?, ¡odisea!, me di cuenta del dolor de espalda que tenía.
Cuando llegó mi mujer y vio el nuevo grifo colocado comentó: ¡ya era hora, hijo!
R. Acosta

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