Estaba embarazada de mi tercer hijo. El mayor tenía dos años, la segunda un año y venía el tercero. Nunca nos importó el que
vinieran tan seguidos, pues nuestro proyecto consistía en tener una familia numerosa. Pero claro, la dedicación a ellos no me dejaba mucho tiempo para la casa.Venía una mujer un día a la semana y se encargaba de los trabajos más pesados.
El trabajo de mi marido le obligaba a viajar bastante, normalmente no venía a comer y por la noche tenía reuniones con las comunidades de regantes y llegaba tarde. A todo esto añadiré que no teníamos teléfono en casa (este dato es importante para la historia), y nos arreglábamos con un teléfono público (aquellos que funcionaban con monedas o con fichas), que estaba en la panadería, entonces “horno”.
La mujer que venía a limpiar lo primero que hacía era comerse un buen bocadillo, que además le preparaba yo. Como todas los días que ella venía, yo esperaba que llegara para que se quedara al cuidado de los niños y yo bajaba a comprar y subía el pan. Mi embarazo ya estaba cumplido, llevaba varios días tomando medicamento para inducir el parto. Siempre me ha costado mucho el ponerme de parto y dilatar, con lo que ya la matrona tomaba la decisión de hacerlo así.
Cuando vino esta mujer, como las otras veces, bajé a comprar el pan, pero una cosa cambió: me había puesto de parto y no le dije nada. Mi intención era comprar el pan y llamar por teléfono a mi marido. Pero en la oficina me dijeron que no estaba. Cuando subí a casa me dijo la buena mujer que mi marido había venido preguntando cómo me encontraba, porque se iba de viaje. Y ella ni corta ni perezosa le dice que estaba bien, porque me había ido a comprar.
Me quedé de piedra, y al decirle que me había puesto de parto, no atinaba a nada, se puso nerviosísima, como si la que tuviera que parir fuera ella. Mientras yo preparaba la maleta de los mayores, (la mía ya la tenía preparada hacía tiempo), ella se comió su bocadillo. Salimos a la calle y con un taxi nos fuimos a casa de mis padres. Desde allí llamé a la matrona y a la oficina, pero mi marido continuaba de viaje y un compañero fue el que me llevo a la clínica.
Como pudieron lo avisaron (porque entonces nada de móviles), estaba en Sagunto, visitando los altos hornos. No sé a qué velocidad vendría, pero aún llegó a tiempo de presenciar el parto.
Y nació nuestro tercer hijo, precioso, valió la pena todo lo pasado. Aún ahora cuando nos vemos con este compañero me recuerda:“Yo te lleve a la clinica”
Todo este lío me pasó por ser yo demasiado prudente.
Son buenísimas, sigue escribiendo, me encantan!!!!
gracias por vuestros comentarios animadores