La confianza pierde a los jefes, y puede llegar a perder a los subalternos como yo. Vivir pendiente de un hilo de alambre, sobre todo si se clava, y hogar, dulce hogar, hablando la lengua de Cervantes. Podemos ser amigos si el traductor es como Dios para mí y Alá para ti manda. Por cierto ¿qué dice el Corán o la Biblia sobre traductores?

 

Nos acababan de nombrar un nuevo jefe y yo tenía un amigo que andaba mucho por Marruecos haciendo sondeos, montando empresas, en aquella época de canteras de piedra. Con relativa frecuencia me hablaba de las posibilidades del norte de Marruecos, tan geológicamente parecidas al sur de España.

 

Yo desde siempre he sido un lanzado, me han gustado más las cosas nuevas que a nadie y así me he metido en cada lío del que me las he visto y deseado para salir. Y este fue uno de esos.

 

Él me hablo de dos obras que se habían de realizar en Fez y Meknes, que por lo que me contaba mi amigo podían ser muy importantes para mi empresa. El problema era que yo había de desplazarme a la zona, tomar datos y convencer a los técnicos responsables de las mismas sobre nuestros productos. Para qué lo voy a negar, a mí me gustan mucho las ventas técnicas porque son un desafío, técnico y económico.

 

Yo por aquellos días me reuní con mi nuevo jefe, que además no sabía cómo me las gastaba. En medio del fragor de la comida le comenté la posibilidad de la obra. No sé si fue el vino, quizá el que estábamos todos de bromas, de eso no me acuerdo, el caso es que le comuniqué mi decisión de que me iba a Marruecos con su consentimiento. Él delante de todos me dijo que sin ningún problema, que adelante.

 

El viaje iba a durar tres días, de lunes a miércoles. Yo, hombre previsor, que me iba en compañía de mi amigo, me llevé la camisa y ropa que llevaba y cuatro conjuntos más, pero eso sí, un solo traje. Nuestras perspectivas eran, teóricamente, mi amigo realizar unas visitas, empezando por Oujda, después seguir juntos hasta Fez y Meknes, en donde veríamos las obras. Después él se iría hacia el sur con otros industriales y yo, con el traductor y el negociante, seguiría hacia Rabat y Casablanca, donde veríamos a los técnicos en cuestión y yo tomaría un vuelo a Málaga.

 

Mal comienzo nada más llegar

 

La cosa empezó mal cuando aterrizamos en Melilla. El traductor y el hombre de negocios que nos esperaba (representante de la casa Mercedes) resulta que ya estaban allí desde el día anterior. Aquello me mosqueó. Después la cosa se puso mucho peor porque quedamos a las nueve de la mañana para hacer visitas y nuestros amigos árabes primero nos invitaban a desayunar, después hacíamos algunas gestiones de posicionamiento y toma de contacto y a las 11 h AM, ya decían que no treball, que samba, samba, y yo dije para mis adentros: “será alguna cortesía con nosotros”.

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Mi amigo, que había estado muchas veces, decía que aquello era normal, que estos eran unos filósofos y no teníamos nada que hacer, que me olvidase de nuestras costumbres de horas, que aquí las cosas se hacían distinto.Total, ya el resto del día fue samba, samba, que se redujo eso sí, a comer bien, ir a un muy buen hotel, realizado por una importante constructora española y beber güisqui y otras porquerías, cuya venta estaba prohibida fuera de los hoteles, pescar ellos una curda como un camión y ver, no recuerdo cuántas, danzas del vientre, caderas, ombligo de muchachas y otras no tan muchachas, con alguna ligeramente gorda.

Por fin nos fuimos a la cama cada quien como pudo, para levantarnos al día siguiente con el mismo planteamiento, ya que las visitas concertadas en otro sitio no nos habían podido esperar y nos habían dejado recado de que volviésemos al día siguiente.Yo alucinaba, salvo muy raras excepciones que confirman la regla, jamás he llegado tarde a una visita. Para mí aquello de quedar y vernos al día siguiente o al otro era algo que no comprendía, ni digería, pero era así y mi amigo no perdía los nervios ni se descomponía con tenues protestas.

Tuve que resignarme a los planteamientos de mi amigo con aquel grupo de seis personas que ya éramos, contando entre nosotros, siempre, con un policía que vigilaba el hotel y que siempre iba con nosotros, invitado a todo, claro. Yo ya había gastado las cinco camisas, así es que empecé a ponerme la del primer día otra vez. Mi amigo se fue hacia el sur. Nos quedamos el representante de la Mercedes y yo con el traductor, que era un vendedor de relojes barato, en Almería, porque esperabas en cualquier momento que te sacase una alfombra o un reloj para venderte. Entre ellos se entendían en árabe y conmigo en una especie de francés y español.

 

El traductor, el de la Mercedes y yo

 

Después de atropellar un burro en la carretera, el que iba delante de nosotros, paramos y nos pusimos a comentar la odisea, para enseguida emprender la marcha. El vendedor le traducía lo que yo decía al otro y a la inversa. Las traducciones que el mozo hacía a mí me cabreaban porque tenían poco sentido con lo que yo preguntaba o afirmaba. Al representante de coches le pasaba lo mismo. Estuvimos a punto de discutir fuertemente por lo que decíamos ambos. De pronto, el de la Mercedes me miró, yo lo miré a los ojos a él, los dos miramos al cabrito del traductor, el de la Mercedes paró el coche, se bajó, cogió de la chilaba al traductor que iba en el asiento de atrás y lo tiró en la cuneta.

 

Se volvió a meter en el coche y salimos zumbando. Ya no volvimos a discutir y los dos nos esforzamos por el dichoso francés y el idioma de las señas, que viene a ser como el esperanto pero más universal. El dichoso representante de la Mercedes iba haciendo su negocio de vender coches. Yo me había aprendido las diez o doce palabras de cortesía para una visita y una vez pronunciadas no volvía a abrir la boca para nada, cuestión que comprendían mis interlocutores, a los que les pasaba lo mismo, hasta la despedida, con lo cual para mí sus visitas eran un torro.

Cuando ya me había puesto la camisa del primer día tres veces, es decir llevaba once días de viaje, llamé a mi jefe para contarle cómo me iba y que supiera de mí. Mi jefe, que en ningún momento pensaba que yo me iba a ir de viaje, me dijo que me dejara de coñas y sacara de los archivos de mi despacho un expediente. A mí me subieron los siete calores pitópausicos a la cara. Me desahogué con él, pero bien, después seguimos con las visitas de venta de coches y mi humor no debía ser muy bueno, porque me negué a volver a visitar a ningún comprador más, pero además violentamente. El representante entró solo y solo salió.

 

Por la tarde, ya en otro sitio, le pregunté que cuándo íbamos a ir a ver a aquel técnico para lo que yo estaba allí, él me dijo que ya habíamos ido por la mañana y que yo no había querido entrar. Yo ya quería morirme y lógicamente, pedí disculpas de mi comportamiento. Después nos fuimos a Rabat, donde por cierto había una Cumbre Árabe y estaban los hoteles ocupados, por lo que me explicó el mozo que sólo había encontrado una habitación con dos camas, donde tendríamos que dormir los dos, con mi correspondiente mosqueo, ya que los dedos se me hacían duendes.

 

Ese día fue ya la culminación y el momento de la decisión de volverme… ¡ya! Empezamos el día haciendo las visitas de venta de coches. En la primera visita no encontrábamos sitio para aparcar, porque el mozo aparcó con el coche muy pegado a otro de tal forma que apenas podíamos entrar y salir del mismo.Yo, como siempre, pronuncié alguna frase ya en árabe, además de los besos correspondientes, la mano en el corazón, etc. Y al ir a entrar en el coche, con las apreturas, se me descosió el pantalón por detrás. Mi calzoncillo se debía ver a la legua. Era un día de fiesta, aquella noche deberíamos dormir en Casablanca. Habíamos abandonado el hotel, todo cerrado.

 

Menos mal que había sido scout

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El representante de la Mercedes ni tenía hilo, ni aguja, ni a la madre que lo parió. Después de una reflexión de supervivencia le dije a mi amigo que me llevase a la estación del tren, allí busqué un dichoso alambre que encontré, un poco basto, por cierto, le dije al ya mi amigo que me llevase a unos servicio (toilettes). Me llevó, me quité el pantalón y con mi mayor preparación scout me cosí el pantalón y quedó pues como podía quedar. Ahora el problema era que al sentarme, el dichoso alambre se me clavaba en el trasero. Yo maldecía al amigo español que me había llevado. Mi nuevo amigo, el árabe, después de una fuerte discusión porque me quería llevar a su casa, me llevó primero al banco a sacar dinero, después me llevó a las oficinas de Iberia y después me dio, además de los tres besos de rigor, un fuerte abrazo.

 

Él se fue a visitar al técnico y después me llamaría y me contaría cómo había quedado (¿os podéis imaginar si no nos entendíamos cara a cara cómo nos entendíamos por teléfono?). Y yo me fui a coger un taxi al que pensaba que se le salían los palieres por el ruido que hacía el diferencial. Por fin llegué al aeropuerto donde, después de algunas pequeñas dificultades de idioma, pude llegar a subir en un avión destino Málaga, donde se hablaba español. Durante todo el viaje seguí clavándome el maldito alambre oxidado en el trasero, pero después de las penurias de los quince días anteriores aquello me sabía a gloria (y no pienses mal).

 

Sólo pensaba, ya en España, ponerme una vacuna antitetánica, pero una vez aterrizado, me compré un pantalón nuevo que no hacía juego en absoluto con la chaqueta del traje. Me compré en Málaga calzoncillos y una camisa. Me cambié y alquilé un coche. Llegué a casa como en sueños y nunca más se me ocurrió hacer un estudio de mercado donde, por lo menos no entendiese yo lo que me estaban diciendo.

 

Esta reflexión me la había hecho después de que un cretino me insultase por pararme más de la cuenta en un ceda el paso, su ofensa me sonó a gloria. Eso sí, estudie francés y aprendí algo más de árabe, que con el tiempo olvidé. A la vuelta de una semana mi amigo el de la Mercedes se vino a verme para comer conmigo con un traductor como Dios –y me imagino que allí se dirá como Alá- manda. Y ya siempre fuimos muy buenos amigos.