Llegaban las vacaciones de Navidad todos los niños del centro habían sido recogidos por familias, para pasar esos día en sus casas.  Solo quedabas tú, a tus 17 años nadie te llevó, “los preferían más pequeños”.
Me miraste con esos ojos de súplica.  Y  te lleve a casa conmigo.
Las vacaciones se convirtieron también en fines de semana. Te recogíamos el viernes hasta el domingo por la tarde. Luego pasó a los lunes por la mañana y así poco a poco te quedaste definitivamente en casa.
Cumpliste los 18 con nosotros, no querías estudiar y te encontré un trabajo, sencillo, pero podías aprender un oficio.
Te abrimos una cartilla en el banco, donde ingresabas tu pequeña nomina semanal.
No sé cómo tu familia se enteró de que estabas trabajando y te reclamaron.
Para ti, era importante los fines de semana irte con ellos, nos decías que les comprabas comida y algún capricho.
Tuviste que elegir y te fuiste. Era normal, nosotros lo entendimos.
Suena el teléfono y a la que desde el primer día le dijiste mamá, le veo brotar unas lágrimas, le dices que tienes una hija y que eres feliz.
Nosotros también lo somos recordando ese tiempo en el que fuimos una familia.

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