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El amor une, el deseo puede destruir. Cada vez que he pasado de niño por delante de esta puerta he recordado la historia que los mayores cuando hacíamos los niños como que no nos enterábamos contaban, por lo que a mí me producía intriga y posteriormente deseos de plasmarla en un lienzo.
Detrás de esta puerta vivía un matrimonio joven, que tenía un hijo. Él tenía un par de bueyes y se dedicaba a hacer peonadas para quien se lo pedía y cuando no, trabajaba en sus propios campos.
Ella era simpática joven y con ojos azules muy bonitos y raros en aquellas tierras. Eran los tiempos posteriores a la guerra y se pasaba mucha hambre, sobre todo en sitios como este, con agricultura de montaña, donde los alimentos eran las siembras de trigo y cebada para los animales si venía buen año.
No llegaba casi a ser de subsistencia. Algunos pillos de la zona, cuando él se marchaba a echar sus peonadas, asediaban a la mujer, cosa que en alguna ocasión debieron de conseguir, según las habladurías, pero ella quería a su marido, por lo que decidió poner tierra por medio. Y fue así como este cortijo quedó abandonado y donde antes había vida ahora sólo queda abandono, saqueo y maleza, que siempre denunciarán que las ambiciones destruyen y el amor une.
