Para cualquiera estos cuadros no son nada más que signos de ruina, pero para mí son unos importantes recuerdos de mi infancia.
Detrás de esa reja con la puerta rota vivía una familia, compuesta por los padres, dos hijas y un hijo. Él tenía ganado y vivía de eso y de la agricultura. Era un filósofo, pero con las picardías del hambre y de la miseria de la posguerra.
Yo en vacaciones me iba todos los días con él. Dormíamos con el ganado siempre en los puntos altos de las montañas, de cara al cielo, viendo las estrellas, envuelto cada uno en su manta y encima de albaidas y romeros. Mi amigo (30 años mayor que yo) me contaba historias de todo tipo, y yo ahora con los años, viendo esa ventana rota, recuerdo a mi amigo, a su mujer y a sus hijos. Y por supuesto, las historias. Nunca serán unas paredes derruidas, nunca será una ventana vacía, será siempre en mi imaginación un sitio de voces, de vida, recordado con cariño.
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