Málaga, año 1.977. Estos datos son importantes para poder centrar este relato.
Una tarde de un día cualquiera de la semana como tantos otros, pero este fue diferente. Era la hora de preparar la cena para la más pequeña de mis siete hijos. Como en muchas ocasiones tenía que recurrir a que los mayores entretuvieran a la pequeña mientras yo no podía ocuparme de ella.
De pronto oí un golpe y gritos, salí corriendo: la niña se había caído un porrazo. No lloraba, pero no lloraba porque se había quedado
un poco conmocionada. La cogí, le mojé la cara, desesperada llamándola, pero nada, los ojos con la mirada desviada hacia un lado de la cara. No teníamos teléfono en casa todavía, pero la vecina de enfrente era una viejecita muy amable y desde allí llamé por teléfono, primero a mi marido,pero no obtuve respuesta. No podía perder tiempo, con lo cual tomé la decisión de que el problema era mío y la solución también.
Ya había conseguido que la niña llorara, con un llanto muy tenue, pero yo no la veía bien. Aunque la mirada la tenía más normal su carita lo decía todo. Llamé al pediatra, le conté lo que había pasado y me aconsejó, primero, que no se durmiera y segundo, que si vomitaba que me la llevara al hospital. Esto no me tranquilizó nada, pues la niña lo único que quería era dormir. Intentábamos sus hermanos y yo jugar con ella para que se espabilara, pero no lo conseguíamos. La segunda advertencia del pediatra se cumplió, la niña empezó a vomitar.
Yo, asustada, insistía en localizar a mi marido, y al no conseguir hacerme con él le pedí a un vecino si me podía llevar al hospital, este chico no lo dudó un momento. Su mujer se quedó al cargo de mis otros hijos. Cuando salimos de nuestra calle, en dirección al hospital, unos chavales nos pararon, se acercaron al coche y nos advirtieron de que en el centro había una batalla campal entre policías y manifestantes y que estaban repartiendo leña unos y otros, volcando coches, rompiendo escaparates, etc.
Nos quedamos bloqueados y mi vecino me dijo: “¿ahora que hacemos?” “¿Tú crees que la niña está tan mal como para arriesgarnos”? Yo le insistí en que me dejara allí, que ya me las arreglaría para llegar al hospital. Pero él no quiso dejarme sola y seguimos, afortunadamente sin ningún problema. Yo entré en urgencias y él se volvió a su casa. A la niña le hicieron radiografías y no le vieron nada anormal, pero me dijeron que tenía que estar unas horas en observación.
Mientras estaba en la sala de espera no paraba de llegar gente herida, policías con brechas en la cabeza, según decían producidas por los manifestantes con las señales de tráfico. Gente con heridas de pelotas de goma, lanzadas por la policía, en fin, un desastre y sin saber qué es lo que pasaba. Me pasé unas horas horribles, y poco a poco me fui enterando de lo que estaba pasando. Esa tarde se había celebrado el entierro del chico que unos días antes, encaramado en la fachada de la Diputación con la intención de cambiar la bandera de España por la de Andalucía, recibió un disparo (se supone que de la policía) y murió.
Al finalizar el entierro se dirigió la gente al cuartel de la policía, lanzando piedras e insultos. Y así se inicio toda esta pelea que duró
varios días. Estábamos en plena transición. Cuando llevaba varias horas en urgencias apareció mi marido. Tenían la oficina rodeada de gente, muy exaltada, y la misma policía no les dejaba salir. Cuando ya se calmó un poco el ambiente y pudieron salir, al llegar a casa, se encontró a nuestro hijo el mayor en la calle, todo preocupado y nervioso y le contó lo sucedido, y en seguida acudió al hospital.
El tiempo que vivimos en Málaga, con los niños tan pequeños, sin familia, me sentí muy sola, sobre todo en momentos como estos. Nuestros hijos fueron un gran apoyo. Se hicieron mayores y responsables a la fuerza, y ahora que ya son hombres y mujeres, estoy y estamos su padre y yo muy orgullosos de ellos, del camino que cada uno ha tomado en la vida.
¡El coche es un renault 4L!