La despedida, el sentimiento de pérdida, creo que es lo más doloroso para mí.
Se instala en mi cuerpo sin querer salir y me va volviendo más rígida.
Con el tiempo he aprendido que resistirme a ello es aún más doloroso, así que cuando sucede inevitablemente dejo que pase, que la tristeza se instale cómodamente, se regodee en el sufrimiento hasta aburrirse.
Creedme que va perdiendo fuerza y las sonrisas vuelven a aparecer en mi cara y la vista se va aclarando. Mis ojos se han purificado de tanta lágrima y las manos vuelven a sentir el tacto y buscan acariciar a mis seres queridos otra vez.
Me voy desentumeciéndo y me permito dar paseos, incluso encuentro la energía a ratos para bailar, cantar o escribir y poco a poco vuelve a salir el sol y aunque no soy la misma, estoy más preparada para la siguiente tormenta. Yuli. 8-5-23