Llegó sin que apenas me diera cuenta. Era tan discreta que hasta la adolescencia ni siquiera sospeché que estaba ahí.
Fue en la veintena cuando descarada dejó de esconderse. Me imponía su presencia fría, punzante, incluso doliente.
Nunca la invité a pasar, pero no le importaba y se quedaba pasando las horas conmigo. Llegó a dominarme de tal manera que dejé de quedar con mis amigos. Me cambió hasta el carácter, apenas salía de casa, me tenía agotada.
Desesperada, tuve que acudir a un experto, quería echarla como fuera de mi vida, sentí un alivio inmenso cuando el hombre me dijo que sabía quien era, pero no había nada que hacer, no podía deshacerme de mi molesta y fea inquilina.
Sufrí mucho, lloré, grité, me derrumbé, hasta que interioricé y acepté que no se iría, que tendría que vivir siempre con ella y conseguí ir tolerando su presencia.
Sigue siendo retorcida, pero detrás de su malicia, me ha enseñado a apreciar las pequeñas cosas, esas que antes pasaban desapercibidas, lo maravilloso que es contemplar un atardecer o escuchar la risa de un ser querido.
Creo que ahora amo más y mejor y soy capaz de ver luz en la sombra, y eso es un súper poder. Tú no la verás , pues es invisible, pero aunque no lo creas, te aseguro que está conmigo y se llama: fibromialgia.