Estamos en el campo, agosto 2.018
Estoy sentada en está habitación que me he arreglado para mí, en ella encuentro paz, tranquilidad, puedo escribir, leer, y pensar.
Y hoy me ha dado por pensar.
Pensando qué queda de aquella pareja joven, de aquellas dos personas que se comían el mundo, con sus ilusiones, sus proyectos, capaces de emprender todo lo que se les pusiera por delante.
Con un proyecto en común, formar una gran familia, lo hicieron con muchos sacrificios, muchas renuncias, pero ahí están sus siete hijos, hechos unos hombres y mujeres los cuales son el orgullo de ellos. Ya todos con sus familias formadas.
A veces pienso cómo hubiera sido su vida, si hubieran hecho caso cuando les decían.
_Ya tenéis la parejita, para que queréis complicaros la vida con tener más hijos.
No hubieran conocido la bondad de José, la audacia y tesón de María, la sensibilidad de Cecilia, la firmeza de Inés, la fortaleza de Carmen.
Todo esto y muchas cosas más se hubieran perdido de haber hecho caso a los consejos de la gente.
Pero vuelvo a mis pensamientos.
Ya han pasado muchos años, ya no son los jóvenes aquellos, las cosas pesan, y las limitaciones también, él ya no es el hombre fuerte, sin miedos, que no se le ponía nada por delante, ella, cansada, temerosa, muchas veces triste.
Es el paso de la vida, es el curso de los años.
Tienen a sus hijos, les ayudan, no los dejan solos para que puedan disfrutar del verano en el campo, lejos del calor de la ciudad.
Tienen que estar y lo están agradecidos, contentos, por ellos por estos hijos y sobre todo dar muchas, muchas gracias a Dios porque al cabo de los años han visto cumplido su sueño.
Y volviendo a la pregunta del principio. ¿Qué queda de aquella pareja? Queda, experiencia, serenidad, y sobre todo amor, un amor sincero, maduro que los años no han conseguido hacerlo menos importante y sí mas intenso.