Estaba montada una tubería no a mucha profundidad, y cuando intentaban hacer las correspondientes pruebas de presión interna de estanqueidad las pruebas no daban.
La persona responsable mandó realizar unas catas en determinados puntos, fundamentalmente bajos, para ver entre qué tramos estaba la avería por detección de humedades. Y una semana después de esta orden, y con un nutrido grupo de currantes, se dedicó a explicar lo que iba a hacer
En la primera y segunda cata, a meter la mano por la cata, tocar la generatriz inferior del tubo y explicar doctamente lo que se podía encontrar. La tercera cata estaba oculta entre unas plantas de romero, tomillo y albaidas, desde donde se observaba el horizonte próximo, muy bonito, dicho sea de paso.
Cuando llegó a este punto se encontró con que la cata estaba tapada con tierra recién tirada. En principio regañó por la situación, pero tras advertir que aquel punto, por su ubicación, podía ser muy importante, se puso manos a la obra. O sea, a destaparlo con las manos.
En los primeros puñados de tierra no ocurrió nada, pero después comenzó a aparecer una masa húmeda que él enseguida tradujo doctamente, como experto en la materia. Afirmó que allí estaba la humedad que justificaba el fallo de la prueba y la caída de presión.
En las primeras manotadas los que estaban en contra del aire ya notaron algo extraño en aquel barro y le dijeron: » Don Fulano, que eso no es barro, que huele muy mal”. A lo que él contestó: “naturalmente que es… naturalmente que es… naturalmente que es (dijo después de oler) mierda”.
Con el agua a mano (o sea con tierra) se limpió la mano lo mejor que pudo, y metido en el Land Rover en que había llegado se dirigió a la primera gasolinera, donde entró como una exhalación a lavarse las manos.
No es necesario comentar, porque ya se presupone, que el viaje lo hicieron con las ventanillas bajadas, pese al frío del invierno, tampoco que el “tiíllo” de la gasolinera al paso de D. Fulano azuzaba la nariz para asegurarse de que no se estaba equivocando con respecto a lo que olía aquel señor.
Y tampoco procede explicar que la clase doctoral quedó reducida a dar una orden a su siguiente, diciéndole “fulano, siga usted haciendo catas y pruebas hasta detectar la fuga” . Y el volvió a su despacho, desde donde juraba que no debía haber salido nunca, porque para eso ya estaban los segundos.
Tampoco llamó la atención al de la gasolinera que, cuando este señor se marchó en su flamante coche el equipo, que había con él estuviese revolcándose por el suelo de risa nerviosa y mal contenida durante mucho tiempo.
Llegando a la conclusión de que al gorrino autor de la maldad había que reconocerle que era amante del campo al no querer ensuciarlo… Y es que, en el campo, ya se sabe, se puede cumplir que donde menos lo esperas salta la liebre.

