En un país muy lejano estábamos visitando una fábrica con un grupo de personas muy significativo. La comida había sido muy, muy generosa y a partir de los primeros traqueteos del microbús o por reacciones de los condimentos, pronto a uno de los componentes le empezó a apretar la tripa.
Los ruidos eran horrorosos y se podían escuchar en todo el vehículo en el que viajábamos. Cuando bajamos de éste para visitar una fábrica a mi amigo le siguió apretando la cuestión y llegó un momento en que ya no podía más, acudiendo a la intérprete que nos acompañaba para que le indicase dónde estaba el servicio.
La intérprete se hizo un poco la sueca. Primero, por ver si nuestro amigo se podía aguantar hasta llegar al hotel, donde los servicios estaban garantizados; segundo, porque en el sitio donde estábamos no había váteres sino letrinas. Mi amigo no podía más.
La cosa se ponía delicada y peligrosa. Con un poquito de presión logramos al final que la intérprete, de acuerdo con el capataz de aquellas instalaciones, nos indicase dónde, en estos casos excepcionales, iban a parar los obreros. O sea, una pared cutre de ladrillo tras la que había una zanja, especie de letrina, tipo campamento boy scout de hace 40 años en España.
Un escena de lo más rocambolesca
La escena transcurrida a partir de este momento no tuvo desperdicio. Mi amigo llegó a toda la velocidad que le daban sus respectivas patitas al susodicho lugar. Lo primero que ocurrió fue el brevísimo diálogo que suele surgir cuando te encuentras a alguien en la taza del váter de tu casa… ¡O de otra!. Que además se pronuncia igual en español que en chino; es decir, das la vuelta al tabique y te encuentras a alguien al estilo más primitivo en la zanja y dices: “Aaaaah”. Y él te contesta: “Eeeeeh”. Y tú le replicas: “Oooh”; pero claro, no estás para muchas conversaciones, por lo que te agachas al lado del paisano y te desahogas.
Después caes en la cuenta del papel y, como puedes, le preguntas al chino (que imperturbable sigue fumándose un cigarrillo de tabaco rubio) dónde hay papel. A lo que él, en un gesto lo más internacional posible te dice, gesticulando con su trasero, que el papel que se gastaba se cogía de una revista vieja que había en la puerta.
Mi amigo, después de darle muchas vueltas, porque lo entendía todo, menos lo de la revista, afirmó que le había comprendido. Y andando en cuclillas, al más puro estilo pingüino y sin levantarse, llegó hasta la revista, arrancando con sutil gracia una hoja, con el consiguiente recochineo del otro paisano, que aún se debe estar riendo de los raros que somos los españoles.
La cara con la que apareció mi amigo por el microbús decía muy a las claras que el que se riese corría el peligro de ser mordido hasta en el píloro. Después, en grupos y también a solas, nos partíamos de risa de la traducción y de la situación que mi amigo nos había contado. El que más y el que menos se divirtió lo suyo.
Mi amigo, una vez llegado al hotel y habiéndose aseado, también. Pero en el momento de pasarlo no le hizo ninguna gracia. Y es que hay gente rara, rara…

