El suplicio de Tántalo puede ser hablar un valenciano macarrónico.

Durante mi larga trayectoria de currante me han ocurrido cosas, como es lógico, unas más agradables y otras menos.

 

 

alt="Anécdotas de un currante"

Entre las menos recuerdo mi reentrada en Valencia después de un periplo por otras provincias. Eran los años 83, recién incorporados los plásticos al mercado de tubos. Yo me había salido tres veces de una gran empresa en la que trabajaba, pero con la fortuna que me caracterizaba siempre acababa volviendo al mismo sitio, unas veces porque tenía muchos hijos y otras porque me metía a trabajar en empresas que después eran del grupo.

 

Fue de esta forma como me metí en una empresa de riegos que, al ser adjuntada a la misma dirección general, ésta decidió que me volviera a incorporar y que directamente viniese a Valencia. En fin, un lío amparado por un dejar las puertas abiertas y por aquello de las dichosas interdependencias. También, por qué no decirlo, con siete hijos a la espalda tragas por un tubo.

Bien, pues nada más mi reentrée en Valencia y por aquello de que creían que entendía, me enviaron a resolver un entuerto en un pueblo de Castellón en donde estaban de la empresa hasta el moño.

La primera visita con la comunidad fue en presencia de los abogados de ésta y con una línea muy impertinente. Os podéis imaginar, recién caído de Andalucía, que te diga un impresentable presidente (primeras palabras de presentación): “Oiga o usted nos habla en valenciano o ya se puede marchar por donde ha venido».

 

Misión difícil, ingenio y gracia

 

Yo, impertérrito ,me dije para mis adentros: «Pedro, no puedes dejar que un tío así haga fracasar la primera misión difícil que te han encomendado». Y le contesté: «Señor presidente, sinceramente lo siento por el resto de miembros que componen la comunidad, porque usted me puede obligar a hablar valenciano, lo que no me puede obligar es a hablarlo bien». Y acto seguido me dirigí a ellos en un valenciano macarrónico inventado cuya pronunciación atentaba contra mis propios oídos.

 

alt="Anécdotas de un currante"Cuando ya fuimos “más amigos que gorrinos” algunos de la comunidad me comentaron que aquella noche se lo habían pasado fatal porque muchas cosas no las entendían y no estaban de acuerdo con lo dicho por el presidente. El problema procedía de un director de obra que había montado mucha tubería de fibrocemento (que se montaba lo más recta posible) y que después dirigió esta obra montada toda con tubería de PVC junta pegada, en donde empleó el mismo sistema.

 

Os podéis imaginar… pleno verano… montar así… (se debe montar haciendo zig-zag en la zanja  por aquello de las dilataciones  en verano y contracciones en invierno), agravada, al no fabricarse accesorios todavía para el PVC. Particularmente los codos los habían fabricado unos instaladores del pueblo de al lado, con un soldador y trozos de tubo que calentaban, quemaban (sin querer) y curvaban.

 

Montando todo sin manguitos de dilatación, con unas variaciones de temperatura de 0 a 32 grados (las alcachofas heladas en invierno). Ya os podéis imaginar, roturas a cada variación de temperatura en los codos y “Tes”, que para la comunidad como es lógica la culpa la tenía mi empresa, o sea, el tubo… Porque entre otras cosas era la única con capital que podía arreglar el entuerto. Por otra parte ya se llevaban 5 meses con roturas y tirándose la culpa unos a otros, sin resolver nada.

 

 

Mejor no ir de juicios

 

No era verdad que los tubos fuesen los culpables del desaguisado, pero sí era verdad que en un  afán de vender habíamos garantizado el montaje que iban a hacer aquellos pollos, en los que concurría la circunstancia de ser nuestros montadores y distribuidores en esa zona. Por lo que estaba claro, mejor no ir de juicios.

 

Había otros muchos problemas en las instalaciones provocadas por la falta de perfiles, por lo que la línea piezométrica cortaba la rasante de la tubería y ya se sabe, si la distancia entre esa línea teórica que pasaba por encima de la tubería la podemos definir como línea de presión, la que pasa por debajo de la tubería hay que definirla  como depresión, por lo que la tubería se colapsaba en esos puntos y el agua tardaba horas y hasta días en llegar a las válvulas.

 

Detectada la razón de las averías fue cuestión de localizar codos, y en éstos y en tramos largos instalar manguitos de dilatación. Cada quien se llevó lo suyo. Yo también y todo por haber hablado en valenciano, macarrónico pero valenciano.

 

alt="Anécdotas de un currante"

El final de la obra fue celebrado con una cena como Dios manda, en donde aparte de anécdotas como la comentada hubo emocionantes palabras del presidente, que era bastante político aunque áspero, por decirlo de alguna manera, y… “colorín colorao este cuento se ha acabao”.