«Yo en barco, que llego más descansado»
Estaba yo de delegado de mi empresa en Málaga. Desde allí llevamos la zona de Melilla, que lógicamente, visitábamos haciendo un vuelo entre ambas provincias, generalmente cada 15 días. Con el transcurso del tiempo surgió una ampliación del abastecimiento a Melilla. Tuvimos que realizar como siempre algunos estudios sobre la misma, por lo que en la licitación sabíamos más de ella que nadie y naturalmente, fue nuestra.
Su realización entonces estaba prevista con maquinaria de excavación, transportada en barco desde Almería o Málaga. Al final, se realizaron las zanjas a mano, debido al tipo de terreno blando y al hecho de resultar más económico. Esto nos obligaba a tener en obra un encargado y a visitar la misma una vez a la semana.
En el primer viaje que hicimos el avión que cubría el trayecto era de 17 plazas. Parecían asientos de juguete para niños y no podías ponerte de pie porque tocabas el techo, con lo que ibas con la cabeza inclinada hasta que te sentabas. Por el contrario tenía la ventaja de que al poco tiempo conocías a los dos pilotos y estos te ayudaban a pasar alguna botellita de whisky “pa los compromisos”.
Día ventoso, viaje turbulento.
El hecho real es que ese día salió ventoso y aquella avionetita pequeña, ya en el viaje, se movía cosa mala. Uno de los pilotos, de nombre José Antonio, nos decía que no había peligro y que si lo hubiese daría la vuelta, porque el aeropuerto de Melilla tenia 300 metros de longitud. De todas formas él, al aterrizar, lo tendría en cuenta.
Conmigo venía el que se quedaría de encargado nuestro de la obra, que había volado en aviones del tipo Boing 727 y, como mínimo, el Foquer F-29. Yo ya le había dicho que esto era lo mismo, pero menos peligroso, porque, en cualquier momento de avería, el avión podía planear y las costas no estaban tan lejos como para no llegar con la altura que llevábamos. La realidad es que cuanto más quieres quitarle importancia a las cosas, más preocupas al otro. Es como cuando tienes no sé qué enfermedad y se lo cuentas a alguien conocido y como toda salida de animación, te dice: “Oye, pues cuídate que fulano y fulano se murieron de una cosa parecida”.
Entre los comentarios anteriores nuestros, los comentarios de José Antonio, el piloto, la claustrofobia que daba todo tan estrechito y los bandazos, que de vez en cuando daba el avión, el encargado iba para que le diera algo. Y…algo le dio, porque llegando al aeropuerto de Melilla los pilotos decidieron aterrizar, pero para evitar que al tocar tierra el aire los volcase, tocaron primero con la rueda izquierda en el suelo (lado por el que venía el aire), con lo cual el avioncito saltó hasta tocar con la contraria y así, sucesivamente, fue dando graciosos saltitos que a mi amigo no le hacían ninguna gracia.
Desde nuestros asientos podíamos ver la pista, porque las cortinas o la puerta estaban abiertas y claro, como en el chiste de los pilotos de la ONCE, pero al revés. Veíamos que la pista se acababa y el avioncito no paraba ni de coña. Al final de la pista mi amigo gritó: “¡que nos salimos!, ¡que nos salimos!” y entonces el avioncito paró. A un metro del final de la pista, pero paró.
Mi encargado, J, salió del avión como alma que lleva el diablo y yo creo que aquella noche, en el hotel Ánfora todavía seguía repitiendo: “¡Que nos salimos, que nos salimos!”, porque se lo contó a todo el que con nosotros hablaba, viniese o no a cuento. Ya siempre cuando venía a la península venía en un barco de Transmediterránea, con una ración doble de biodramina, de manera que se dormía a las once en el puerto de Melilla y se despertaba a las siete en el de Málaga.
