Vivíamos en Almería, allí no teníamos familia, así es que todo nos lo teníamos que resolver nosotros solos. Mi marido tenía un horario de trabajo muy complicado y con muchos viajes, y aunque no me gustaba dejar a mis hijos solos en casa, alguna vez era preciso hacerlo. Sobre todo cuando tenían vacaciones y estaban todo el día en casa, con lo cual era un problema ir a comprar, tampoco existían las grandes superficies de supermercados con horarios tan dilatados como hay ahora.
Y una de estás veces en la que los dejé solos, mientras bajaba a comprar al lado de casa, ocurrió lo que voy a contar.
Tenía mi hija pequeña una muñeca Nancy, que había sido el regalo de Reyes. Estaba con la muñeca muy ilusionada, como cualquier niña la cambiaba de ropa, la peinaba… en fin, jugaba mucho con ella.
Cuando llegué al patio de casa, de vuelta de la compra, vi en el suelo un puñado de pelo de muñeca. Me puso en alerta y vaya que sí, cuando entré en casa vi a la niña con unos lloros que no tenía consuelo.
A ella también le crecería… O no.
Su hermano (que era bastante trasto), la convenció para cortarle el pelo a la muñeca, le dijo que igual que a ella le crecía a la muñeca también le crecería, ¡y se lo cortó! Cuando sus hermanas mayores lo vieron y le dijeron que eso no era verdad, que a las muñecas no les crecía el pelo, no había consuelo para ella, se enfadó con su hermano, pero el mal ya estaba hecho.
Mi hijo recibió su correspondiente castigo, y así acabó la historia. Lo más gracioso es que cuando le pregunté por qué tiro el pelo a la calle, su respuesta fue: “para que tú no lo vieras”.
Una travesura más de unos niños, que por su edad era algo dentro de lo normal.