Vivíamos en Almería y vinieron mis padres a pasar unos días con nosotros. Lo hacían de vez en cuando y para mí suponía una gran alegría. Era invierno, el mes de enero o febrero, no recuerdo bien .

Queríamos hacer algo especial con mis padres y se nos ocurrió programar un viaje a Granada para visitar la Alhambra. Con nuestro Land-Rover nos montamos los once, el coche era de nueve plazas, pero como entonces los niños no llevaban sus sillitas, apretujándonos nos acoplábamos todos.

Ese invierno no fue especialmente frío. Mis padres no habían estado en Granada y los niños y yo tampoco. La Alhambra nos gustó mucho y disfrutamos con la visita, lo pasamos muy bien.

No había demasiada nieve y pudimos subir hasta la cumbre del Veleta,  que no estaba con nieve, pero sí con hielo. Mi marido paró el coche, nos bajamos todos, y el coche empezó a patinar sobre el hielo. Teníamos aparcado delante un Mercedes, al dueño del coche le cambió el color de la cara cuando veía que nuestro coche se deslizaba hacia el suyo.

La solución fue meterle a nuestro coche la marcha reductora y la tracción a las cuatro ruedas, y así quedó frenado, con la consiguiente tranquilidad del dueño del Mercedes. Pasamos un rato bastante complicado, pero todo se solucionó.

A los niños con plásticos les improvisamos unos trineos, para poder deslizarse por el hielo. Se divirtieron  un montón, lo pasamos bien.

Ahora, después de los años que han pasado (que son bastantes), todavía recuerdan aquel viaje y todas las peripecias que pasamos. Siempre hemos pensado que estas vivencias en familia nos han unido, y el recuerdo perdura con los años.