Cuando nos vinimos de Almería trasladados a Valencia pensábamos hacernos una casa grande donde cupiésemos todos. Cuando realmente llegó el momento de poderla construir las cosas habían cambiado: algunos de mis hijos ya eran padres y varios novios/as, de modo que las habitaciones se tuvieron que hacer para que cupiesen en cada una la pareja con los hijos.
La barra, el cable y el bloque de hormigón
Ya con nietos la cosa se volvió a complicar y fue necesario construir una piscina, que como es fácil de suponer, trajo más trabajo para los responsables de su mantenimiento, o sea yo y algún puntual ayudante. Aquel día habíamos detectado que en determinados puntos de las paredes había un poquito de verdín, y ni corto ni perezoso me lancé con un cepillo primero y luego con una rasqueta a limpiarlo. El problema fue que estando en lo más profundo de la piscina, cuando apenas llevaba 40 segundos, el agua me devolvía a la superficie y no había manera de rascar.
Desde siempre he sido muy imaginativo y chapuza y en esa ocasión no podía por menos hacer igual. Fue en esta línea donde se me ocurrió coger una barra de hierro redondo y pesado, amarrarle un cable de la luz, que a su vez pasaba por dentro de un bloque de hormigón y que una vez enrollado en la muñeca me permitía permanecer mas tiempo bajo el agua, aun así no logré acabar antes de la hora del baño de los niños.
A los niños cuando se ponen a jugar se les olvidan todas las advertencias que les pudieras hacer, por tanto la mejor previsión era sacar lo que había colocado en el fondo de la piscina y volverlo a bajar al terminar de bañarse estos. Así bajé, cogí la barra redonda, la subí a las baldosas del borde de la misma y volví a sumergirme, para hace lo propio con el bloque. Con tan «buena fortuna» que la barra, que era redonda y como de unos 8 kg, había rodado y también cayo en el agua cuando yo subía. En el encuentro me dio un golpe en la cabeza y renegando volví a cargar y lo saqué todo.
Reflejos de luz
Habían transcurrido como 12 días en los que a mí no se me pasaba el dolor de cabeza, eso sí me bañaba todos los días. Pero cada vez estaba más torpón en la rapidez de pensar y hablar, tenía dificultades para caminar con la pierna derecha. Mi mujer comentaba con mis hijos la situación y un buen día mi nuera pactó con mi mujer llevarme por urgencias al hospital Doctor Peset, donde me hicieron algunas pruebas y sin dejarme bajar de la camilla me enviaron al hospital la Fe en unas ambulancia, perseguida por mi mujer y mis hijos.
En La Fe el cirujano que me tenía que operar de forma urgente a las 11 de la noche me dijo que no se explicaba cómo no había ingresado en coma, y que tenia un hematoma subdural de 2,5 cm. Me hizo firmar las correspondientes autorizaciones y me comentó el proceso. Del proceso recuerdo algunas cosas, como el despertar en la UCI, lo primero que vi al despertar fue la cara de mi nuera riéndose, llena de estrellas, que seguramente serían reflejos de luz. Y el comentario de que me podían dar episodios de epilepsia. También toda la cabeza y hasta la cejas rapadas, pero ni con todo esto y los cuidados de mi mujer, que no se separó de mi ni de día ni de noche, pude evitar hablar más de la cuenta y después de un mosqueo con “otro” el que me diesen los dichosos ataques de epilepsia, que gracias a Dios no se me han vuelto a repetir nunca más.
Hoy me quedan los agujeros propios de la operación en la cabezota, pero según me dicen dando guerra, fundamentalmente a mi mujer
No te conozco y no se como he encontrado esta página, pero desde aqui desearte lo mejor, me gusta tu forma de narrar, se deja ver lo que eres, una excelente persona.
Un abrazo muy fuerte.