Aquellos eran otros tiempos, pero el amor propio y la vergüenza son los mismos. Corría el año 72 y entonces se trabajaba hasta los sábados. Ya habíamos pasado la época de jugar al futbolín, propio de tiempos de estudiante; ahora trabajábamos, lo que equivalía a hablar de tensiones, nervios, broncas y en definitiva, lucha. Entre otras cosas porque uno tenía lo que tenía y había que alcanzar un buen puesto de trabajo, también por el sueldo.De tal forma que las distracciones en equipo eran fundamentales, quemar energías.
Así estábamos en la época de jugar al fútbol, de jugar al ping-pong y del frontón. Juegos que con pocos duros se podían mantener. Mi jefe, en aquellos tiempos, pienso que observaba nuestras reacciones en el juego para luego montar sus estrategias. Hombre, también se jugaba al sexo, pero esto ya era otra cosa, por las consecuencias, y eso que entonces los pediatras cobraban menos y la leche era más barata.
Las comidas de trabajo
Bien, pues cuando terminábamos nuestro trabajo, todo el equipo, con nuestro jefe, nos íbamos a cualquiera de estas diversiones que, lógicamente acababa con una comida, que además pagaban los que perdían. Lo grave no era pagar la comida de los seis o siete, sino el cachondeo que se traían contigo hasta que te ibas a casa. Que ya el lunes con la mala leche que venías porque empezaba la semana, ya ni te acordabas.
Aquel sábado habíamos decidido jugar al frontón y como tantas veces, los que perdieran pagaban la paella. Así es que, provisto de guante para la mano derecha y con las correspondientes cartas de baraja que ponías entre el guante y la mano, para evitar en lo posible la hinchazón de la mano, (cuestión que no evitabas), nos dispusimos a jugar nuestra partida.
Nosotros jugábamos sólo de vez en cuando, pero estaba mi amigo Pepe, que jugaba todos los sábados en su pueblo durante varias horas, era un fenómeno. Al formar las parejas, porque jugábamos dos a dos, uno en el saque y otro atrás, nos juntamos mi jefe y yo contra Pepe y otro de nosotros. Yo jugaba en el saque y mi jefe atrás.
Las cinco roturas
Empezamos la partida y mi jefe aquel día estaba flojo, ahora no recuerdo por qué, nos iban ganando. Yo decidí hacer el saque y luego coger el rebote del otro. Lo hice algunas veces, pero en la última, conforme corría hacia atrás me caí (¡Eh! Que no estaba tan gordo como ahora) y fui a dar con mi cuerpo serrano encima del brazo, que se me rompió por cinco sitios. No me atrevía a levantarme, se acercó a mí otro que después ha sido jefe mío, persona muy atenta y me dijo: “Venga, Gea, levántate que no ha sido nada”.
Yo lo miré, luego miré mi brazo y le pregunté: «¿Con que no ha sido nada, eh?¿ Y entonces qué te parece que es esto?” Y levanté el brazo, que se dobló más que una cadena de bicicleta recién engrasada. Parecía articulado al ir doblándose por varios sitios, mi amigo se quedó amarillo con la visión. Eso sí, la paella no la pagué, pero tampoco quería que me ingresaran en el hospital recién estrenado de La Fe, porque recordaba que llevaba sucios los calzoncillos, ya sabéis, la parte de atrás.
«Tú también, pero yo más»
Mi jefe, que después acompañó a mi mujer a parir en más de una ocasión por estar yo de viaje, me dijo: “No te preocupes, yo te cambiaré”. Y así fui al hospital, donde varios me vieron en pelota picada mientras me ponían sólo el pijama (con la vergüenza que da eso). Me enyesaron el brazo y comunicaron a mi mujer cómo había acabado la partida. Como siempre he gozado de una suerte maravillosa, a los quince días y sin anestesia me tuvieron que volver a romper el brazo porque no había soldado bien. Lo hicieron por el método tradicional (taco de goma en el codo, enfermeros tirando de los dedos y de la mano y cara de desmayo del enfermo).
Este fue el dolor físico más intenso que he tenido en mi vida. Ahora gracias a aquella reparación, o por culpa de ella, puedo girar la mano derecha más que nadie, por lo que ventaja de defensa es retorcer la mano al contrario. Y como uno disfruta teniendo algo que lo diferencie de los demás, cuando llega esta situación pienso para mis adentros: ”Tú también pero yo más”. Y con estas tonterías y otras más va transcurriendo la vida.