Voy a contar el tercer viaje obligatorio que hacíamos a Valencia durante el tiempo que vivimos fuera de nuestra tierra.

Eran las fallas, y no sólo por las fallas, aunque cuando estás lejos le das más importancia a estas cosas, sino porque mi madre tenía preparados los trajes de valenciana (nunca me ha gustado decir de fallera), para cuando llegáramos vestir a mis hijas.

El día de San José no era fiesta en Almería, así que lo que hacíamos era salir el día 18 por la noche. Ya de madrugada llegábamos a Valencia. El desayuno era, por supuesto, el chocolate con buñuelos, y enseguida empezábamos a vestir a las niñas, a peinarlas etc.

Mis hijas eran y son cinco, cinco para vestir, para peinar, (qué paciencia y qué ilusión tenía mi madre, no escatimaba esfuerzo y trabajo, un buen ejemplo). Y cuando estaban todas a punto, ¡a ver fallas!, las más próximas al barrio. Venían mis hermanos con sus hijas, también vestidas de valenciana, y lo pasábamos muy bien, con mucha armonía.

Comíamos en casa de mis padres, pues además era el santo de mi padre. Por la tarde después de descansar un poco, volvíamos a la fiesta. Pero ya cuando tocaba la hora de desvestirse y se veía el final del día empezaba la morriña.

Nos esperábamos a ver quemar las fallas infantiles a las 10 de la noche y luego con nuestro súper Land-Rover salíamos hacía Almería. Dejábamos atrás unas horas de fiesta, pero también de cariño y cercanía con los nuestros, siempre se nos hacía dura la vuelta. Pero había que volver al trabajo y los niños al colegio, no podíamos retrasar más la vuelta.

Así fueron los diez años que pasamos fuera de Valencia, añorando a los nuestros y a nuestras raíces.Los traslados son difíciles, pero tienen su lado bueno y este es que como familia vivimos muy unidos, pues en ocasiones sólo nos teníamos nosotros, los unos a los otros. Y esta unión perdura hoy en día.